Estamos en un país en que, a pesar de haber sido cuna de muchos y brillantes artistas, se está convirtiendo en un territorio yermo de la cultura, de endiosamiento de futbolistas, de toreros, de paradigma del chonismo, un lugar en que una asesora del Ministro de Cultura llama a la Universidad de Baleares para preguntar cuál es el sueldo de Ramón Llull, titular de una cátedra en la misma; y en lugar de tratar de paliarlo, el Gobierno sube el IVA de todos los productos de primera necesidad cultural.
La cultura no es un lujo, Señores Ministros, es, junto con la educación, una de las bases para que las personas estén formadas, y un pueblo formado es más racional, más lúcido, más coherente; lo cual me lleva a una reflexión: Si se hace todo lo posible para que el pueblo sea menos instruido, también se hace todo lo posible para conducirlo a la manipulación, a la adulteración y a la masificación de borregos que se conforman con cualquier "piruleta" para consumir sin tener que discurrir.
No suban el IVA "cultural" si desean que España evolucione; hacen falta libros, hace falta cine, hace falta poder sentarse a saborear las palabras que nacen en un escenario, porque no es alimento para el estómago, pero sí lo es para el cerebro. Recorten sueldos de altos cargos, pero no le quiten a un niño la ocasión de conocer a Alonso Quijano y los molinos que le derrengaron, no le quiten a una persona la posibilidad de acariciar las páginas suaves que desprenden ese perfume de tinta fresca, no le roben las obras de Eco, de Shakespeare, de Unamuno, de Lorca, o de cualquier otro; déjennos encontrarnos con relatos, pasajes o poemas... Devuélvanos la fantasía, como pregonaba Michael Ende, y no hagan que se troque en un IVA que no podemos pagar.