Esta es una conversación imaginaria entre el semiólogo italiano Umberto Eco y el poeta granadino Federico García Lorca.. Se encuentran en un café atemporal, discutiendo esa fuerza oscura e inexplicable que Federico llamó "EL DUENDE".

 Lorca: (Con ojos encendidos, golpeando suavemente la mesa)

No es cuestión de técnica, Umberto. El duende no está en el mapa, ni en el pentagrama, ni en la métrica perfecta. El duende es un poder, no una obra; es una lucha, no un pensamiento. Yo lo he visto quemar los pies de una bailarina y quebrar la voz de un cantaor que no tenía técnica, pero tenía sangre.


Eco: (Ajustándose las gafas, con una sonrisa curiosa) Es fascinante, Federico. Desde mi perspectiva, lo que tú llamas "duende" parece ser el límite último de la semiótica. Es ese momento donde el significante —la palabra, la nota— se rompe porque ya no puede contener el peso del significado. Es una "obra abierta" que se cierra violentamente sobre el espectador. ¿Pero no crees que ese "poder" es, en el fondo, una estructura cultural profunda del pueblo español?


Lorca: ¡Qué estructuras ni qué esquinas! (Ríe) El duende no es la cultura, es la herida. La cultura es el ángel o la musa. El ángel da luz y la musa da formas, pero el duende hay que buscarlo en la última habitación de la sangre. El ángel vuela sobre nosotros, la musa nos dicta... pero al duende hay que despertarlo en las plantas de los pies. Es un encuentro con la muerte, Umberto. Sin la posibilidad de la muerte, el duende no baja.


Eco: Entiendo. Si el ángel es la estética de la perfección y la musa es la estética del orden, el duende es la estética del caos. Lo que me intriga es su capacidad de comunicación inmediata. En mis estudios sobre los medios, buscamos entender cómo se transmite un mensaje. Tú sugieres que el duende ignora el canal y llega directo al "alma", o lo que yo llamaría el inconsciente colectivo. Es una subversión total del código.


Lorca: Es que el duende no comunica, hiere. Cuando una mujer canta con duende, el aire se vuelve de vidrio y la gente se rompe la ropa. No hay "mensaje" que descifrar, hay una verdad terrible que te mira a los ojos. El duende es un sismo que no deja piedra sobre piedra en la inteligencia.


Eco: (Anotando en una servilleta) Entonces es la "epifanía negativa". Lo que me hace gracia, Federico, es que intentamos capturarlo con palabras. Yo, intentando categorizarlo como un fenómeno de "connotación extrema", y tú, rodeándolo con metáforas de toreros y gitanos. Al final, el duende es el silencio que queda cuando la estructura de la lengua se rinde.


Lorca: Exacto. Es el sonido negro. Ese color que todos conocemos, pero que ningún pintor ha podido poner en su paleta.


Eco: (Levantando su taza de café) Brindo por eso, entonces. Por lo que no podemos explicar, pero que nos obliga a seguir escribiendo para intentar, al menos, rozar su sombra


La puertecita de marras...

 

El apartamento 4B tenía, entre la nevera y la despensa, una puerta que no debía estar ahí. Medía apenas cincuenta centímetros y estaba pintada de blanco, con un pestillo de bronce siempre echado desde el interior. Demasiado grande para un gato. Demasiado pequeña para cualquier explicación razonable.

El casero, cuyo optimismo ya empezaba a parecer un delito leve, le explicó a Marcos: «Es la trampilla del contador del gas. Está atascada, pero no pasa nada, la lectura la hacemos por satélite». Marcos, que no entendía de satélites, pero sí de rebajas, decidió que, por ese precio, el gas podía venir incluso del espacio exterior.

La primera semana transcurrió en paz, hasta que algo decidió manifestarse. El martes a las dos de la madrugada, Marcos fue a por un vaso de agua. Al encender la luz, escuchó un carraspeo seco tras la trampilla. Un «ehem» perfectamente modulado, digno de un mayordomo británico. Marcos se congeló con el vaso en la mano. Acto seguido, por la rendija inferior de la puerta, se deslizó un trozo de papel perfectamente cortado. En una caligrafía impecable, ponía: «Por favor, el motor de su nevera vibra en sol sostenido. Corrija la posición. Gracias».

Marcos, que era un hombre de ciudad y temía más a la locura que a los fantasmas, empujó la nevera dos centímetros a la derecha. El miércoles no hubo notas. El jueves, sin embargo, apareció otro papel: «Excelente acústica ahora. Por cierto, compre limones. Los suyos están empezando a oler a moho».

Lo molesto no era la presencia de un poltergeist, sino que el espectro fuera un crítico de hogar hipertenso. Marcos intentó mirar por la rendija con una linterna, pero solo vio una oscuridad absoluta y densa, que parecía absorber la luz.

Lo más perturbador llegó el sábado de autos, cuando Marcos invitó a unos amigos a cenar. La velada era un éxito hasta que, en mitad de un chiste, se oyó una risa ahogada, como de soplido, detrás de la trampilla. Alguien estaba juzgando su sentido del humor.

Minutos después, la nota definitiva se deslizó bajo la puerta: «El guacamole de bote es un crimen contra la humanidad. Si va a envenenar a sus invitados, tenga la decencia de abrir las ventanas».

Aterrorizado por la omnisciencia del habitante de la trampilla, Marcos agarró un destornillador dispuesto a reventar el pestillo. Pero justo cuando apoyó la herramienta en la madera, el pestillo giró solo. La puerta se abrió un milímetro. Un aroma delicioso, mezcla de canela y café recién hecho, inundó la cocina. Marcos, paralizado por el miedo, no se atrevió a tirar de la hoja. El miedo al rechazo de un fantasma sibarita era superior a su curiosidad.

Al día siguiente, Marcos dejó el piso. Nunca supo qué o quién vivía allí. Hoy, en su nuevo piso con cocina americana, cocina fatal y nadie le corrige la sal.

Romance de la Tierra rota

 (A la memoria de los niños de Palestina)

En la luna de Gaza lloran

los pulmones sin consuelo,

y los almendros se mueren

con su savia hecha silencio.

Por las calles sin mañana

camina un niño sin cuerpo,

solo sus ojos de arena

flotan rotos por el viento.

Tiene un diente de granada

y el corazón de cemento,

porque un dron le arrebató

las canciones y el aliento.

Su madre grita en la plaza

con las venas en el suelo,

y el pan, que antes fue paloma,

es ceniza en su pañuelo.

La sangre pinta grafitis

en los muros del desierto:

“¡Aquí nacen los que mueren

sin haber pisado el suelo!”

Desde torres de oro y humo

los monstruos sin sentimientos

venden mapas, cierran ojos,

fingen paz con malos gestos.

Pero el alma de la tierra

gime honda en cada hueco,

y la luna no da luz

porque el cielo está cubierto.

Una niña alza los brazos

como ramas contra el fuego,

y pregunta si algún día

la justicia será verbo.

Con el planeta dormido,

oliendo a guerra y dinero,

siguen cayendo los niños

como pájaros sin vuelo.

Palestina, desvelo

de la tierra y del lamento,

¿quién recogerá tu llanto

si los ríos van sin dueño?

El jugador ( Y quizás, Chejov )

 En el salón de sombras y luces, un hombre, vendida el alma, lanza su suerte en  dados, barajas y cruces. 

El reloj marca minutos de angustia, los naipes susurran trucos viejos, y en los rostros  de los jugadores, fijados en los múltiples colores de la mesa, se refleja el sueño del  lujo. 

El crupier, con manos de mármol, reparte, como siempre, y a sabiendas, esperanzas y  desdichas, mientras el eco del mantra de que la banca siempre gana resuena en la  música que se escucha de fondo, más allá de las voces humanas. 

El jugador, apuesta su vida en cada giro, buscando un respiro, pero el azar solo es  amigo de sí mismo y concede pocas treguas. Un vals de ilusiones y dolores suena,  pero las manos del hombre están llenas de cadenas, tiembla.  

Una moneda cae al abismo mientras el siseo de un grito de desesperanza se posa  sobre la mesa donde la baraja se ríe de él.  

El crupier, con su sonrisa helada, la banca siempre gana, observa el drama, pero no le  emociona esa lucha por la vida que tantas veces ha visto entre tréboles y diamantes.  

El jugador sigue temblando, toma las cartas. La sala se troca en un tremendo silencio ruidoso  que hace desaparecer el tiempo. La primera carta: un as, la segunda: un rey. Veintiuno  perfecto.  

Siguen moviéndose con vida propia las cartas de la partida, y la mano decisiva. El  crupier reparte las cartas con una precisión casi ritual. La banca ha de ganar. El  hombre saca un diez y un as. Blackjack. Un millón de euros.  

Se levanta de la mesa, como si aquello no fuera con él, y, con el talón en la mano,  

La noche es vacía, como su pecho, dos abismos que se pasean por una calle desierta  y conocida. 

La hiedra venenosa de los recuerdos vuelve a las andadas y una brújula nefasta le  hace parar delante del puente. El río sigue como siempre murmurando secretos antiguos a la luna que, reflejada en las ondulaciones del agua, escucha. Le cuenta la  historia del hombre que se mira en ese espejo líquido y solo ve cicatrices y sombras. 

Con un suspiro de los que produce el dolor de espalda, sube al pretil. El aire es  helado. En su mente no hay nada de nada, y, en un acto de liberación, se deja caer. 

Las aguas lo reciben y lo cubren en silencio. Los sueños rotos se deshacen en el aire. Varios minutos después pasa alguien y ve el talón flotando. 

“Un vale de descuento del supermercado”-dice.