Romance de la Tierra rota

 (A la memoria de los niños de Palestina)

En la luna de Gaza lloran

los pulmones sin consuelo,

y los almendros se mueren

con su savia hecha silencio.

Por las calles sin mañana

camina un niño sin cuerpo,

solo sus ojos de arena

flotan rotos por el viento.

Tiene un diente de granada

y el corazón de cemento,

porque un dron le arrebató

las canciones y el aliento.

Su madre grita en la plaza

con las venas en el suelo,

y el pan, que antes fue paloma,

es ceniza en su pañuelo.

La sangre pinta grafitis

en los muros del desierto:

“¡Aquí nacen los que mueren

sin haber pisado el suelo!”

Desde torres de oro y humo

los monstruos sin sentimientos

venden mapas, cierran ojos,

fingen paz con malos gestos.

Pero el alma de la tierra

gime honda en cada hueco,

y la luna no da luz

porque el cielo está cubierto.

Una niña alza los brazos

como ramas contra el fuego,

y pregunta si algún día

la justicia será verbo.

Con el planeta dormido,

oliendo a guerra y dinero,

siguen cayendo los niños

como pájaros sin vuelo.

Palestina, desvelo

de la tierra y del lamento,

¿quién recogerá tu llanto

si los ríos van sin dueño?

El jugador ( Y quizás, Chejov )

 En el salón de sombras y luces, un hombre, vendida el alma, lanza su suerte en  dados, barajas y cruces. 

El reloj marca minutos de angustia, los naipes susurran trucos viejos, y en los rostros  de los jugadores, fijados en los múltiples colores de la mesa, se refleja el sueño del  lujo. 

El crupier, con manos de mármol, reparte, como siempre, y a sabiendas, esperanzas y  desdichas, mientras el eco del mantra de que la banca siempre gana resuena en la  música que se escucha de fondo, más allá de las voces humanas. 

El jugador, apuesta su vida en cada giro, buscando un respiro, pero el azar solo es  amigo de sí mismo y concede pocas treguas. Un vals de ilusiones y dolores suena,  pero las manos del hombre están llenas de cadenas, tiembla.  

Una moneda cae al abismo mientras el siseo de un grito de desesperanza se posa  sobre la mesa donde la baraja se ríe de él.  

El crupier, con su sonrisa helada, la banca siempre gana, observa el drama, pero no le  emociona esa lucha por la vida que tantas veces ha visto entre tréboles y diamantes.  

El jugador sigue temblando, toma las cartas. La sala se troca en un tremendo silencio ruidoso  que hace desaparecer el tiempo. La primera carta: un as, la segunda: un rey. Veintiuno  perfecto.  

Siguen moviéndose con vida propia las cartas de la partida, y la mano decisiva. El  crupier reparte las cartas con una precisión casi ritual. La banca ha de ganar. El  hombre saca un diez y un as. Blackjack. Un millón de euros.  

Se levanta de la mesa, como si aquello no fuera con él, y, con el talón en la mano,  

La noche es vacía, como su pecho, dos abismos que se pasean por una calle desierta  y conocida. 

La hiedra venenosa de los recuerdos vuelve a las andadas y una brújula nefasta le  hace parar delante del puente. El río sigue como siempre murmurando secretos antiguos a la luna que, reflejada en las ondulaciones del agua, escucha. Le cuenta la  historia del hombre que se mira en ese espejo líquido y solo ve cicatrices y sombras. 

Con un suspiro de los que produce el dolor de espalda, sube al pretil. El aire es  helado. En su mente no hay nada de nada, y, en un acto de liberación, se deja caer. 

Las aguas lo reciben y lo cubren en silencio. Los sueños rotos se deshacen en el aire. Varios minutos después pasa alguien y ve el talón flotando. 

“Un vale de descuento del supermercado”-dice. 


Los tres micos de la playa ( publicado en Portada mayo 2023 )


Tenía los pies helados, pero era la sensación deseada. Sentada en las rocas, me había descalzado

dentro del mar, cosas de la circulación venosa, y observaba como el sol se escondía enfrente de mí en un desorden de colores entre amarillos, grises y rojos, que borraban el azul del cielo y se reflejaban en el agua.

Vino a mi mente que esta playa se llama de los Tres Micos porque alguien apellidado Soldevila había colocado en la fachada de su casa una imagen de aquellos tres monos sabios, Mizaru. Kikazaru y Iwazaru, uno haciéndose el ciego, otro el sordo y el último, el mudo, y esa imagen definió aquel rincón en ese momento tranquilo y silencioso. A lo lejos se veían humanos con alas de colores, pero no les oía, y tampoco les dije nada. Sólo moví los pies, reno- vando el frescor del agua y desvié la mirada hacia la espuma ligera que generaron mis movimientos. Contemplé el ocaso hasta que la oscuridad se cernió sobre todo lo que se podía ver; el mar se había vuelto negro, o gris marengo, y el leve burbu- jeo, gris claro. Hora de irse. Y, de camino a mi destino, una vez secos y calzados los enrojecidos pies, pisé las baldosas en las que descansan los tres monos, me detuve y recordé el chiste gráfico del gran Chummy Chúmez que recitaba que "los derechos humanos son tres: ver, oír y callar". Y pensé.