A regañadientes, siendo pequeñita, y una "arregladora del mundo" en ciernes, mi madre me llevaba a la Parroquia de Santa Eulalia a que San Blas bendijera nuestras gargantas, y lo que era más importante, nuestros caramelos. El día dos ya habíamos ido a una tienda llamada Las Rocas, que los palmesanos de mi edad recordarán, y nos llevábamos caramelos de mentol, de eucaliptus, y algún que otro sugus que se colaba en la bolsita ( también se colaba algún chupa chup de colores ) y el día tres los llevábamos a la Iglesia y el cura nos bendecía a nosotros, pasándonos un algodón por la garganta y posteriormente echaba el agua bendita sobre un montón de paquetes de confites, caramelos y bolsas multicolores que es lo que más recuerdo.
Y ese es mi recuerdo, aunque ahora soy agnóstica, de aquellos tres de febrero inefables... El uniforme del colegio, mi madre, y los caramelos, y tener que decir al párroco que no me dolía la garganta, aunque no fuera verdad.