Josep

 Josep era, es, uno de los sabios del pueblo, pero verdaderamente sabio, no al nivel irónico que se suele utilizar en la frase. Culto, antifascista, pero demasiado mayor, decía, para ser un revolucionario. Su imagen podría, perfectamente, ser equiparada a la de Santa Claus si no hubiera sido por lo doliente de la expresión de sus ojos. Había detrás de las gafas un sufrimiento tal vez físico, después supe que así era, o mental, por las complicaciones de la vida, o existencia, y por la poca paz que, en ocasiones, da la falta de ignorancia. Pero este es otro tema.

Habíamos quedado para conversar de unos temas profesionales, pero yo calculaba que la charla iría más allá. Era, es, un buen orador, un hablador que dice cosas, algo que debe ser aprovechado cuando alguien es, como yo, una eterna alumna. 

Sentados ante dos cafés, uno de ellos descafeinado, me confesó, una vez aclarado un tema bancario poco inquietante pero molesto, que le habían diagnosticado fibromialgia y artritis y que aquellas dolencias le habían amargado la existencia, el “mal estado de ánimo” de que hablan los médicos. Mientras había estado en manos de ellos lo habían cebado a analgésicos, relajantes musculares y otras zarandajas químicas que le producían dolor de estómago, y que contrarrestaba con otras zarandajas químicas que se llevaban su paciencia y su pensión. Había dejado de pasear a su perro, había dejado de ir al club de los yayos a jugar a cartas y había anotado un horario de colores, colgado en la puerta del frigorífico, donde constaban las tomas de los respectivos medicamentos. 

No obstante, un día, bendito día, suspiró juntando las manos como si orase y mirando hacia el cielo, sí fue al club de los yayos a ver a sus amistades y uno de ellos estaba narrando al grupo de jugadores de cartas que había descubierto una sustancia secreta que le quitaba el dolor y, textualmente, “la mala leche”. Josep, evidentemente, sintió curiosidad por saber qué maravilla era aquella, y más curiosidad todavía porque su amigo había puesto énfasis en lo del secreto. Se le acercó, le relató todas sus dolencias, y le preguntó de era aquello que podía aliviar su vejez.


“Tú eres de confianza y te lo puedo decir “, susurró, y bajó aún más la voz, “es el cannabis”. En aquel momento la expresión doliente de que estaba hablándoos antes se trocó en un gesto de travesura infantil. “Mi primera ración me la consiguió mi amigo. Estaba dentro de una bolsita de plástico, y la bolsita envuelta en papel de seda de la pastelería del pueblo”. Lo de la pastelería sonó como una premonición de algo dulce, y tuve que sonreír.  “Cuando llegué a casa” continuó, “lie aquella hierba con el papel de fumar”, reproducía los gestos con los dedos, “al principio no me salieron bien porque, aunque fumaba Ideales sin emboquillar, no los tenía que hacer. El sabor, en cierto modo, me recordó los ideales sin emboquillar, quizás porque hacía veinte años que no fumaba. A las tres o cuatro caladas percibí paz, calma, y a medida que iban pasando los segundos, una desaparición de mi mala leche”.

Yo le intentaba visualizar “fumetequeando”, recostado en un sofá raído, con la televisión apagada, inmerso en uno de esos silencios dulces, y rodeado de humo, de un humo que en aquel momento le parecía mágico.

“La sola desaparición de la sensación de mal humor, mereció la pena y decidí seguir tomando”.

Por supuesto no me informó de dónde sacaba el cannabis, y, obviamente, no se lo pregunté, pero sí que me contó que, poco a poco, se iba encontrando mejor, que había dejado alguna que otra dosis de los analgésicos de farmacia, y que, por las mañanas, muy temprano, había vuelto a ver los amaneceres con su viejo pastor belga.

Elevó un poco el tono de voz cuando siguió hablando: “No entiendo porque el Estado no ha tenido problemas en legalizar el alcohol, que cambia a mal el comportamiento de la gente, el tabaco, fabricado con alquitranes y química impura, porque sigue permitiendo que la gente tome medicamentos que tienen tantos efectos secundarios y ninguno bueno, y no entiende que legalizar el cannabis puede ayudar a muchas personas que hemos tenido que convivir con un dolor que no nos permite vivir, sino sobrevivir”. Otra vez regresó el ademán del niño travieso, se agitó sobre la silla para introducir la mano en su bolsillo, sacó una cajita de metal de las antiguas de Okal, de borde azul y letras rojas. Miró a su alrededor antes de abrirla y envuelto en un pañuelito de papel había ese “polvillo” verde, verde esperanza, indicó. “Si se acerca alguna de estas señoras, les dices que es tomillo”. Esta vez los dos reímos, aunque aquello no hubiera colado como hierba aromática… O sí…

Acabé el café, me gusta tomarlo frío, y después de la eterna discusión de quién lo paga, Josep se levantó y siguió su camino. Sí que era cierto que su paso era más grácil que en otras ocasiones, sí que era cierto que antes no había visto esa ilusión en su cara, sí que es cierto que me quedé con sus palabras, y es muy cierto que todo lo que mejore la vida de nuestros mayores, o de los no tan mayores, tendría que ser, no únicamente legal, sino tolerado, aceptado, y una realidad de la que no cupiera jamás esconderse.