La puertecita de marras...

 

El apartamento 4B tenía, entre la nevera y la despensa, una puerta que no debía estar ahí. Medía apenas cincuenta centímetros y estaba pintada de blanco, con un pestillo de bronce siempre echado desde el interior. Demasiado grande para un gato. Demasiado pequeña para cualquier explicación razonable.

El casero, cuyo optimismo ya empezaba a parecer un delito leve, le explicó a Marcos: «Es la trampilla del contador del gas. Está atascada, pero no pasa nada, la lectura la hacemos por satélite». Marcos, que no entendía de satélites, pero sí de rebajas, decidió que, por ese precio, el gas podía venir incluso del espacio exterior.

La primera semana transcurrió en paz, hasta que algo decidió manifestarse. El martes a las dos de la madrugada, Marcos fue a por un vaso de agua. Al encender la luz, escuchó un carraspeo seco tras la trampilla. Un «ehem» perfectamente modulado, digno de un mayordomo británico. Marcos se congeló con el vaso en la mano. Acto seguido, por la rendija inferior de la puerta, se deslizó un trozo de papel perfectamente cortado. En una caligrafía impecable, ponía: «Por favor, el motor de su nevera vibra en sol sostenido. Corrija la posición. Gracias».

Marcos, que era un hombre de ciudad y temía más a la locura que a los fantasmas, empujó la nevera dos centímetros a la derecha. El miércoles no hubo notas. El jueves, sin embargo, apareció otro papel: «Excelente acústica ahora. Por cierto, compre limones. Los suyos están empezando a oler a moho».

Lo molesto no era la presencia de un poltergeist, sino que el espectro fuera un crítico de hogar hipertenso. Marcos intentó mirar por la rendija con una linterna, pero solo vio una oscuridad absoluta y densa, que parecía absorber la luz.

Lo más perturbador llegó el sábado de autos, cuando Marcos invitó a unos amigos a cenar. La velada era un éxito hasta que, en mitad de un chiste, se oyó una risa ahogada, como de soplido, detrás de la trampilla. Alguien estaba juzgando su sentido del humor.

Minutos después, la nota definitiva se deslizó bajo la puerta: «El guacamole de bote es un crimen contra la humanidad. Si va a envenenar a sus invitados, tenga la decencia de abrir las ventanas».

Aterrorizado por la omnisciencia del habitante de la trampilla, Marcos agarró un destornillador dispuesto a reventar el pestillo. Pero justo cuando apoyó la herramienta en la madera, el pestillo giró solo. La puerta se abrió un milímetro. Un aroma delicioso, mezcla de canela y café recién hecho, inundó la cocina. Marcos, paralizado por el miedo, no se atrevió a tirar de la hoja. El miedo al rechazo de un fantasma sibarita era superior a su curiosidad.

Al día siguiente, Marcos dejó el piso. Nunca supo qué o quién vivía allí. Hoy, en su nuevo piso con cocina americana, cocina fatal y nadie le corrige la sal.